El fin del mundo y el elogio de la soledad

Y al fin nos hemos quedado solos.

Los turistas se han ido. El sol. Nos quedan las montañas y por estas horas la lluvia y el viento.

No hay mucho que agregar a ese “resto”.

Hace miles de años alguien observó esta encrucijada del mar y debe haber entendido que aquí podía detenerse. Descansar su armas.

Luego unos cuantos más, pero no muchos. Lo suficientes para elaborar una cultura y finalmente una idea del mundo, de la realidad.

En la adolescencia un profesor nos pidió que nos imagináramos a Puerto Natales en el año 2000.

Yo no recuerdo mi expresión de futuro. Aunque sí recuerdo la de un compañero.

Decía él que en el siglo XXI Puerto Natales tendría poblada toda la sección que iba del centro del pueblo hasta Puerto Bories. Un brazo de 5 kilómetros.

No ocurrió exactamente así. Hay propiedades y por las noches parecen una población, pero en su mayoría son hosterías, hoteles, cabañas, complejos, plantas de procesamiento.

Hemos imaginado que la gente vendría. No lo hicieron y a medida que nos volvemos adultos entendemos porqué.

Estamos muy lejos. Ni los aviones, ni los turistas, ni los nuevos mapas de las telecomunicaciones nos han acercado lo suficiente.

De modo que seguimos acá. Un poco abandonados del ruido de la civilización.

Masticando el tiempo con lentitud.