Lecciones para no perseguir los sueños

Banda de siglos atrás, cocinaba para turistas de todo el mundo en una pequeña hostería familiar en el extremo sur de Chile. Cocinaba por amor al arte de las ollas, pero también porque necesitaba dinero.

No alcanzaba con el alojamiento para cubrir cuentas.

De entre los trabajos más sufridos que existen, dentro de los que consideramos trabajos, el de cocinar y atender personas debe ser uno de los más difíciles.

Uno de mis clientes, un ruso radicado en Alemania, estuvo dos días alojando y fue capaz de consumir 3 litros de café por día y otros tres atados de cigarrillos. Y el café era libre en la hostería.

Otros tantos cocinaron conmigo. Españoles, coreanos. Un chef de un Four Seasons cerca de Las Vegas, nos preparó el plato más picante que haya probado. Mis primos, gente baqueana, lloraban, reían y tomaban vino mientras engullían la sopa feroz. “Receta japonesa”, nos informó.

A veces observo las fotografías de aquella época con jornadas típicas de 16 horas y no me reconozco. No sé quién está en la foto. Solo puedo asegurar que, si era de noche y había comida, estaba más o menos borracho. Más o menos atacado. Más o menos infeliz.

Los sueños se traducen en realidades que después asoman como pesadillas. En más de una oportunidad me mantuve despierto por 22 horas y seguí adelante. Pero nadie quiere eso. Después de 10 años ya tenía suficiente.

El paso de las personas te recuerda el paso de la vida, de los momentos que se fugan. Priorizas una actividad porque te ofrece unos minutos de una extraña satisfacción. Un punto de placer.

Entre cocinar y comer con mis hijos, como hago hoy, no pasan más de dos o tres horas y entonces todo queda archivado en el pasado. Como un libro que hemos leído. Será hasta un nuevo encuentro. Pronto. Igual y distinto a la vez.

Ayer por la noche, una de mis hijas y yo, continuamos la rutina de estos días de ver “El Oso”, la hermosa serie protagonizada por Jeremy Allen White como el chef Carmen Carmy Berzatto.

Cuando era niña, mi otra hija, alguna vez me definió así: “mi papá es escribidor y cocinador”.

Carmen me recuerda a los años locos en que cocinar y recibir gente eran la medida justa del día.

No puedo evitar el lugar común: éramos tan jóvenes.

Me levantaba a las 5,30 y no paraba hasta las 23 o más. Dormía mal, poco, pero de noche, como en una especie de fiebre incontrolable, pensaba que estaba en mi sueño, trabajando en un proyecto que había imaginado y diseñado.

Diría que el problema es que uno se transforma en esclavo de sus proyectos. En el humilde adorador de una idea que brilla, si, como un “diamante loco” sobre tu cabeza.

Al final, no estoy seguro de si aconsejar a mis hijas e hijos que persigan sus sueños o que se alejen de ellos lo más que puedan.

A ver qué pasa.